domingo, 3 de enero de 2010

Observame



A menos que te llamen Perseo, o te quedes sin perdón, observame. Es fácil pedírtelo, yo te conozco, y ningún disfraz se parece a vos; tus idas al color del sol en la tarde, y tus vueltas al café salvador no te ensombrecen en lo más mínimo. Tus visitas a la puerta de la mañana no hacen más que agregar tinta del mismo tintero a tu carta, colores de la misma paleta a tu dibujo. Y son muchos tus colores, más de los que yo conozco, pero afortunadamente limitados, y cada riesgo que tomás al plasmar tus pinceladas en una combinación espontánea, no es más que cambiar de imprenta a cursiva tu narración, no significa más que otro naipe de la misma baraja.

Observame si decís que es tu única forma de ver a través de la ropa que te imaginas en mí; estoy desnudo, estimada, aunque me mueva rápidamente y no lo notes. Y sólo tengo dieciséis colores para mostrarte. Los exhibo de a uno, de a dos o de a tres, en distintas combinaciones; antes los mostraba de a cuatro por vez, y vos veías un arco iris en mi simple movimiento.

Observame, no me opongo, y después imaginate de nuevo ese arco iris, esa orilla que yo no dejo de sentir en la palma de tus manos, mientras te resguardo de lo inofensivo, y ese caminar, que no dejo de ejercer. Aprovechemos que no veo tu ropa, quitátela y caminemos.



.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

De Arrecifes y Pergaminos


Querida:

No voy a quitarte mucho tiempo, sólo quería contarte sobre los buenos tiempos, esos en los que estuvimos cerca. Quería contarte de la vez en que paseamos por las plazas y me dejaste ser dulce, tomándote de la mano delante de todos y caminando entre risas irrevocables a un ritmo acorde al vaivén de nuestros brazos. Y la caminata fue lenta, pero recorrimos todos los lugares que quise; cada lugar que cruzamos fue querido.
Después fuimos a tus ríos, rápidamente, y la lentitud ya no era ni siquiera un caminar, sino mas bien una disminución constante de latidos, casi como si los cuerpos hubiesen querido detenerse allí, en ese cuadro, casi como si lo decidiéramos. Y te levantaste, y nos sacaste la mejor foto, una foto de los años setenta que todavía guardo en mi caja de las cosas importantes.
A la noche nos atontamos, y compartimos nuestros vicios y talentos. Me dijiste que tenias sentido después de todo, y yo te hable de mi insurrección. Nos dijimos cosas que ya sabíamos los dos.
No hacía falta ni amarnos entonces, pero nos amamos, y todo fue sabiamente imperfecto, porque tampoco era necesaria la perfección.
Antes de que comience aquel día, te miré a los ojos de cerca, esos ojos tuyos que construí para mi, y noté en secreto que te quería, y que ni siquiera un día lento e imperfecto te faltaba para ser indeleble.

Quise contarte, nomás de nuestros buenos tiempos. Sospecho que estos caminos ignorantes se interceptan más de una vez, porque no saben de paralelismo, ni de conveniencia…ni de estructuras.


.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

Cosa de Grises


Tus ventiscas balancean las ramas de los árboles cuando apenas se anuncia tu cercanía. Algunos te miran desafiantes y orgullosos, porque están seguros que ni siquiera con toda tu fuerza podrías herirlos demasiado. 
De esta porción, se distingue un grupo, no pequeño, que dejará en claro cuán injustificada es su arrogancia, pues irá cayendo más tarde o más temprano, con las consecuencias de tu movimiento, que te son indiferentes en absoluto. Otros, sin, embargo, gozarán de un destino completamente distinto, dedicándose a sucesos más significativos que tus regaños, que ni siquiera cercenarán una hoja en otoño. Sobre este grupo recae el soslayo general, no es un conjunto deseable en esta época del año. 
Luego están los pobres mendigos de la plaza, que no pueden evitarte (aunque algunos huirían gustosos a toda prisa), porque una plaza sin árboles no es cosa de este mundo; están arraigados a su obligación. 
Siguen los protegidos, hijos únicos, que son resguardados en sus casas, tras infranqueables muros que ofrecen seguridad física total…Ellos envidian mucho.
Al final de todos los males, y pasando por alto muchos tipos de desgraciados, están los grises. Los grises viven allí donde la temperatura casi no varía, ese microclima indeseable, isobárico, donde nunca se oyó hablar de anticiclones.
Es inocultable la curiosidad general sobre el motivo de ese lugar, al que no entraste ni entrarás nunca. Y nadie te espera más que los grises; pueden olerte a veces, o ver tus destrozos a la distancia, y no hacen más que desear que los elimines a ellos también, y en casi todos los casos ni siquiera con una herida hermosa, lenta y fatal, sino que se resignan a esperar un rayo único y veloz, que los ilumine un instante para luego poder secarse a tu partida, cuando tu gracia se lleve su aliento. 
Yo no me conformo, sueño con que un día, furiosa y altiva, me arranques de raíz y me eleves demasiado, despedazándome con tu fuerza desmedida en un escándalo que dure aún más que mis sentidos, mientras yo me regocijo en tus movimientos impredecibles y mortales. 

En ese momento realmente voy a sentir, y a llorar. Hasta entonces, o hasta que nos amemos en la plaza, llorar no es cosa de grises.

.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Intolerante


Me escapo de tu juicio. Porque lo presumo, se huele como la lluvia un día de calor.
Y no voy a hacer como esas buenas señoras, ni los hombres gordos y trabajadores que alargan sus pensamientos contaminantes más allá de su piel –que, para ser justo, no son sus pensamientos, son realmente inventos antiguos de algún individuo, más escuchado alguna vez de lo que su astucia pudo ameritar-. “Y mira quién me juzga, la que ‘tal cosa’”, interrumpe la belleza una de esas buenas señoras, ante la aprobación general de buena parte de las otras buenas señoras del barrio.
Recuperándose puede estar el día, quizás aún aspirando a un escalón notable de lo hermoso, cuando otra rama social antagónica a la mencionada produce un eco de vulgaridad, porque no se puede adjudicar la mediocridad solo a la gente que cree ser rica, los confesos pobres también gritan ser perfectos, únicos e irrepetibles.
Claro que pueden, todas estas personas, reconocer a seres semejantes, son ni más ni menos que quienes esbozan sonrisas simultáneas, expresando acuerdo con sus dictámenes y enfatizando ese acuerdo en los discursos donde más jugosa se sirve la discriminación.

Antes de interrumpirme, te contaba de mi escape. Así de sencillo es: me voy, me alejo de la guadaña oxidada que imparte justicia vidente; una justicia con vista nublada e incapaz de modificar su dirección, es cierto, pero técnicamente vidente; una justicia apostólica que desparrama descalificación ante la menor sospecha de subversión.

Adiós, entonces, me escapo aquí nomás, a un pasito de distancia, y miro con deseo de cambio cómo se te van acotando los espacios felices.


.