miércoles, 30 de julio de 2008

Unodós


Afortunadamente la nieve muta, por casualidad. Alegría luego del Big Bang. El ardor es más fuerte y sobrevive, la creación comienza verdaderamente.
Verídico el sentimiento de la tibia llovizna, depositada ya sobre la tierra, decorando las llanuras y excitando las colinas.
El carácter casi periódico del porvenir inmediato recuerda al péndulo de un reloj, cuyos engranajes recorrerían distancias inimaginables entre el antes y el después, si se los dejara definir a los segundos libres, en vez de sujetos al péndulo y el resto de las partes. Un instante, sin embargo, ocupa esa distancia en tiempo de los divinos, apartados en su acto, recopilando, sintiendo.
El correr de los pequeños arroyos alumbra de vida la gesta del mundo. Arroyos que instantáneamente sienten las lenguas de los animales más desesperados, y las manos de los hombres, de las generaciones.
La confluencia de acontecimientos milagrosos conmueve al mundo ya estable, que sigue imitando al péndulo, y acelera su marcha provocando el desliz acelerado del tiempo.
Finalmente la lluvia torrencial y perfecta deja respirar a los seres, que comparten el goce único de la vida.
Aprenden la obediencia, la lealtad del alumno al maestro, las obligaciones, los derechos.

miércoles, 18 de junio de 2008

Mi infancia que se muere


Comprendo de a poco, llego con sostenida lentitud a las más improductivas conclusiones. Claro que producen, como proceso constante e irreversible, no son más ya que fabricantes de tristezas, cantando las penas de algo más profundo que el mismo acontecimiento.
No es ya uno, ni son dos, ni tres los que se ausentan, los que deciden, o no, pero se ausentan. Mientras tanto, claro, se nos transforma el alrededor, tornándose, sin embargo, siempre en lo esperable. La propiedad cíclica.
Entonces, a mitad del camino, entre arrugas y despedidas, lo entiendo con el llanto incontenible: son mis años en una caja, es mi infancia la que se muere, en cada hombre y en cada mujer, en cada despedida.
Algún día todos ellos se habrán ido, todo mi pasado hermoso, y seré yo el último peldaño en la infancia de alguien. Ahora entiendo que, en mi último minuto, su pena será mucho más profunda que la mía. Por eso no me lloren al final, lloren entonces por aquél cuya historia se extinguirá conmigo. Por mí…lloren ahora.

viernes, 23 de mayo de 2008

La ignorancia por sobre la conciencia


Del que sale cuando llueve, del que brinda sin mirar y quita del mismo modo. Del que ostenta múltiples métodos en pos del placer horrible. Del que no busca dueños para cuchillos atrapados, del que sangra menos, del que simplemente no siente el entorno verídico. Del que opaca las nubes con vientos soleados. El pobre no entiende, no imagina.
Que feliz cumpleaños, que nona, que campo. O que divertido, que amigos, que sonrisa, que no pensar.
Creámonos en una caja negra, en otra dimensión, donde no haya ojos. Que nadie nos vea llorar deseando el estado anterior, el estado que deja vivir a la felicidad.
Entristece y decepciona el deseo de no conocer, pero la incapacidad de realizarlo es lo que hace llorar.
Prefiero a Dios por sobre mi vida, la lapidación a la letra, hacer lo mucho a contemplar lo poco, reír antes que abrir los ojos. Quiero la ignorancia antes que la conciencia, pero lloro envidioso sufriendo mi vida, amando mis letras, contemplando lo que menos se exhibe, y abriendo los ojos lo menos posible.

miércoles, 7 de mayo de 2008

Barquito de papel

Barquito de papel,
sin nombre, sin patrón
y sin bandera,
navegando sin timón
donde la corriente quiera.

Aventurero audaz,
jinete de papel
cuadriculado,
que mi mano sin pasado
sentó a lomos de un canal.

Cuando el canal era un río,
cuando el estanque era el mar,
y navegar
era jugar con el viento,
era una sonrisa a tiempo,
fugándose feliz
de país en país,
entre la escuela y mi casa,
después el tiempo pasa
y te olvidas de aquel
barquito de papel.

Barquito de papel,
en qué extraño arenal
han varado
tu sonrisa y mi pasado,
vestidos de colegial.

Cuando el canal era un río,
cuando el estanque era el mar,
y navegar
era jugar con el viento,
era una sonrisa a tiempo.


Juan Manuel Serrat